De repente, como salido de la nada pudieron distinguir entre la niebla un letrero luminoso donde se podía leer "Sushi hier" (sushi aquí). El nombre sugería poca distinción pero sus papilas gustativas habían empezado a funcionar como lo hace la locomotora de un tren expreso así que era demasiado tarde para sugerir un nuevo intento.
Los retoños, que para estas cosas no suelen tener un sexto sentido, estaban encantados con lo que se avecinaba: california maki roll, nigiri de atún, nigiri de salmón, sopa de miso. La madre sin embargo torcía el gesto como desconfiando del lugar.
Entraron al local y esperaron a ser atendidos por alguien que les indicara dónde sentarse. Les llamó la atención que en todo el restaurante no hubiera un alma más. Solo estaban ellos, un joven disfrazado de cocinero japonés detrás de un mostrador, y un señor con melena canosa, vaqueros de rockero y unas ojeras negras e hinchadas.
El señor de la melena se acercó a ellos y de manera casi inaudible les indicó cual sería su mesa. Todos se sorprendieron pues nunca hubieran pensado que el señor de la melena estaba trabajando allí, más bien parecía un amigo del cocinero disfrazado de japonés.
Se pusieron a mirar la carta. La verdad es que había de todo y el precio era bastante asequible así que empezaron elegir entre el suculento menú. El restaurante no era grande y el mostrador se situaba justo enfrente de donde la encantadora familia había sido acomododada. El señor de la melena estaba junto al cocinero disfrazado de japonés. Por eso la madre no comprendía cómo después de 20 minutos hojeando el menú, no se hubiera percatado de que los menús ya estaban cerrados, lo cual es señal inequívoca de que la decisión está tomada.
Finalmente se dirigió a la única mesa de todo el restaurante que probablemente atendería en toda la noche, la de la encantadora familia. Era costumbre en esta familia que fuera la madre la portavoz familiar en los restaurantes, así que fue ella la que tomó la palabra empezando por las bebidas. De repente oyó un rugido, pero no podía ser, no estaban en el bosque ni en la selva, así que siguió con el pedido. Se escuchó otro rugido pero la madre pensó que era más bien un mascullar entre dientes así que afinó el oído y levantó la vista para ver de dónde procedía semejante sonido. Su mirada se cruzó con la del señor de la melena al que de nuevo oyó decir algo entre dientes: uma, uma, uma! La madre no entendía nada, ¿era un apertitivo que les estaba recomendando? Miró a su esposo quien tampoco sabía muy bien a qué se refería el señor de la melena. Como siguió con el "uma, uma", el marido que entendía mejor este lenguaje supuso que lo que el señor quería decir era "numer", osea "número". Intuyeron que quizás el señor de la melena no entendía términos como coca-cola, o cerveza y que prefería que se limitaran a decir el número anexo que aparecía en cada entrada del menú. Así que la madre dijo: dos 15, dos 13 para beber, y un número 30, dos número 22, y también dos número 45 para cenar. El señor de la melena parecía más tranquilo así que recogió los menús y se dirigió a donde estaba el cocinero disfrazado de japonés para darle la orden.
La madre miró al padre, el padre miró al hijo y la hija miró a la madre. Tuvieron que contener la risa porque aquello era de película de terror, más aún cuando todavía no sabían exactamente en qué consistirían estos platos. El que mejor supo mantener la compostura fue el padre quien miraba con gesto sancionador a la madre por reirse de aquella manera.
Media hora después llegaron sus "números". Tenían tanta hambre que les supo a gloria. No era nada especial pero sabía a sushi así que decidieron no hacer más comentarios.
El padre pidió la cuenta. Lo que la madre no entendía era cómo en un restaurante absolutamente vacío se pueden tardar 15 minutos en traer la cuenta, pero tampoco dijo nada porque este tipo de comentarios violentaban al padre.
De repente vieron al señor de la melena acercarse a ellos. Por fin!, pensó la madre. Pero, ¿qué trae en la bandeja? ¿Sería una hoja de reclamaciones por si algo no les había safisfecho?¿Sería un mapa de la zona para que pudieran llegar a casa sanos y salvos?¿Sería su partida de defunción lo cual demostraría, tal y como la madre suponía, que el señor de la melena era un vampiro que murió hacía 200 años y que lo que realmente quería era darles un mordisco en el cuello? Dejó en la mesa aquel inmenso papel que el padre se dispuso a desplegar. Dentro habían escritos el nombre da cada plato con su precio y un total. ¡Ah, esto era la factura! En ese momento se desató la tormenta de risas más impresionante que recordaban en años. No hubo manera de pararla por más que el padre se empeñara en mirarlos y torcer la cabeza pidiendo con los ojos que se contuvieran. Teniendo en cuenta que no había nadie más en el restaurante, las risas resultaban escandalosas. La madre miró al señor de la melena y lo descubrió mirándolos y riéndose también. ¡Pobrecillo!, pensó ella, pensará que nos reímos por las cervezas que nos hemos tomado.
Pagaron y se fueron. De camino a casa seguían riéndose, esta vez con menos entusiasmo ya que no hay risas como las que resultan inapropiadas, son como las risas en misa, que cada vez van a más y no hay manera de pararlas.
Se fueron a dormir con el estómago lleno de sushi y el alma encogida por si soñaban con el hombre de la melena o el cocinero disfrazado de japonés con el cuchillo en la mano.
Basado en hechos reales.

Y desde entonces decidieron que a los visitantes de otras latitudes, les llevarían por otros caminos en busca de sushi, y así fue. y desde entonces comen sushi en sitios con mayor luz, los cocineros son auténticos japoneses, y las facturas desde luego son facturas.
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