jueves, 11 de agosto de 2011

Material escolar



Para los niños españoles todavía no es tiempo de pensar en comprar libretas y bolis, pero aquí en Alemania los tiempos nos son los mismos que en España y un día como hoy, han comenzado las clases en todos los colegios del estado de Hamburgo.
Irremediablemente una fecha como la de hoy va unida a una tarde de papelería. "¡Pero si ya tienes transportador de ángulos!" digo yo mientras pienso que no sé la cantidad de transportadores de ángulos que puede haber habido en mi casa. ¿Cuántas veces se puede llegar a usar este artilugio realmente? De verdad, ¿cuántas? Lo malo es que seguramente si finalmente no lo compramos al llegar a casa no encontraremos ninguno de los cientos de transportadores de ángulos que circulan libremente entre cajones, estuches, cajas de latón y no sé cuántos sitios más.
También de forma irremediable vienen a mi memoria los días en la que era yo quien compraba todas estas cosas. Nunca realmente he dejado de hacerlo, me encanta entrar en una papelería y ver los bolígrafos, los lápices, los sacapuntas, las libretas. Hoy he encontrado una estantería llena de estuches de estos que vienen con cremallera y gomitas que sujetan cada lápiz en su sitio. He recordado cómo me gustaban esos estuches y la sensación de bienestar que me producía abrirlos para realizar cualquier tarea pensando que tenía absolutamente todos los colores que pudiera necesitar para colorear o subrayar cualquier palabra. A veces incluso intento pensar en algo que hacer con tal de crearme la necesidad de comprar algo en una papelería.
Hoy en día, salvo en barrios o ciudades pequeñas, lo normal es ir a una gran superficie y surtirte de todo al mismo tiempo, libros y material escolar. Es fácil y económico. Pero ¿dónde han quedado esas papelerías de toda la vida, con toda la familia trabajando en ellas con tal de satisfacer la demanda de fechas como estas?. Y eso de decir "quiero un lápiz del 1.5, una caja de colores alpino, un sacapuntas, y blablabla", y el señor viene amablemente y te lo trae todo mientras tú esperas cotilleando entre libros y revistas. Hay algo también muy especial de estos sitios y los artículos que en ellos venden:  el olor. El olor de los libros nuevos, de las libretas a estrenar. Todavía hoy, cuando abro un libro me permito el lujo de olerlo y transportarme a esa época en la que abrir un libro a principio de curso era una experiencia casi religiosa. Ojeaba los libros con interés canino pensando lo bien que me lo iba a pasar ese curso estudiando la geografía de España. Siempre pensaba que ese año no fastidiaría la libreta con tachones y que haría buena letra para que todo quedara bonito. Estas intenciones eran buenas pero por  desgracia, poco duraderas.
Tener hijos te permite volver a vivir de alguna manera todos estos momentos, también el de los tachones. Empezar el curso era como empezar una libreta, una hoja en blanco para hacer con ella lo que tú quisieras. Rápidamente hago el paralelismo con la vida: una hoja en blanco. Realmente la vida es eso, haces de ella lo que tú quieres. Lo malo quizás es que te das cuenta un poco tarde, cuando ya llevas la libreta por la mitad y ya hay demasiados tachones, pero no debemos olvidar que la libreta todavía tiene hojas en blanco en las que escribir, así que vamos a aprovechar cada día, cada minuto en nuestras vidas para no tener que hacer muchos tachones, y si no hay más remedio que tachar algo, usar típex que no se nota tanto.

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