Ya estábamos acostumbrados a ver atentados terroristas destruir edificios y matar a gente por decenas. En Irak, en Israel, incluso en España, pero nunca pensamos que esto podría pasar en Nueva York, la ciudad de los musicales, el corazón cultural de Estados Unidos.
Está claro que todos recordaremos dónde y cómo supimos de la catástrofe por primera vez porque fue algo tan impactante que es difícil no recordar dónde pensamos, también por primera vez, que quizás el imperio norteamericano estaba dejando de ser un imperio. Herido en lo más profundo de su corazón, a traición y sin preaviso, ¿o sí?
Los días posteriores al gran atentado todos queríamos saber cuánta gente había muerto, o queríamos oír alguna historia de algún superviviente, o las llamadas que se hicieron desde el vuelo de la United. Es el morbo que acompaña al género humano y que en estos momentos se exacerba. Después, casi sin darnos cuenta empezaron a oírse voces que negaban lo que en todos los telediarios y periódicos del mundo se aceptaba como versión oficial.
La primera vez que oí los argumentos conspiranoicos mi cerebro sufrió un cortocircuito. Para mí era imposible que detrás de todo aquello hubiera un gobierno conocedor de la amenaza terrorista, adoptando una postura pasiva en busca de una excusa para entrar de nuevo en Irak. Sin embargo son miles los que siguen dando por cierto que un avión no es capaz de derrumbar una torre como las de NY, o que los aviones cazas fueron los que realmente abatieron el vuelo de la United.
Después vino Oriana Fallaci. Ella, una periodista italiana que residía en NY, escribió, con las cenizas de las torres aún en suspensión, un artículo titulado la Fuerza y el Orgullo que posteriormente dio lugar a un libro con el mismo nombre. Me lo leí en un día. Hablaba de orgullo y de fuerza, pero lo que me gustó fue cómo criticaba la actitud de muchos de sus paisanos italianos alegrándose por el ataque que acababa de recibir Estados Unidos. Sé que en España ocurrió lo mismo y que hubo gente que pensó que los americanos se lo merecían.
Yo acababa de instalarme en España después de cuatro años viviendo en Norteamérica así que me sentía identificada con el sentimiento de dolor de los americanos y me conmovía oírlos hablar entre sollozos y con las caras manchadas de ceniza. Me sentí americana, más que nunca. Me sentí orgullosa de haber compartido el 4 de julio con ellos, el Patriot´s day, o el Veteran´s day. Y me repugnaba, y aún me repugna, el sentimiento anti americano instalado en nuestra vieja Europa. Una Europa decadente, sin ideales, sin rumbo, sin orgullo, sin banderas.
Está claro que un pueblo se une cuando comparte enemigos. Europa se unió contra Hitler, contra los turcos, contra las invasiones musulmanas medievales. Pero ahora, ¿qué nos une?. Cada vez está más claro que el euro no.
En estos diez años hemos podido oír voces discordantes de muchos norteamericanos en contra de su política exterior. Supongo que están cansados de gastar dólares de los contribuyentes en empresas lejanas. Tampoco voy de ingenua, si van a Irak es porque hay petróleo, pero al fin y al cabo, son ellos los que han acabado con Sadam o Ben Laden. No lo hacen solamente por la democracia y la libertad, esto está clarísimo, pero los soldados norteamericanos destinados en Oriente Medio no piensan en petróleo cuando pasan meses fuera de su casa. Recomiendo una película llamada "Black Hawk derribado" para entender un poco más qué hay dentro de la cabeza de un soldado en territorio hostil.
Siempre envidié al pueblo americano por el orgullo con el que oyen su himno, por cómo se unen ante la adversidad y por su sentido de estado. Son síntomas de un pueblo joven y con fuerza. Europa también fue así aunque cueste imaginarlo por eso en vez de criticar la prepotencia yanky mientras nos tomamos un café en Starbucks o nos comemos una hamburguesa en Burguer King, deberíamos mirarnos a nosotros mismos y buscar qué nos hemos dejado por el camino de la historia para llegar hasta donde hemos llegado. Deberíamos hacer autocrítica y buscar qué nos une. Y cuando lo encontremos, luchar por esos ideales. Aunque hay políticos que piensan que la economía lo es todo, siempre he pensado que lo que mueve a las personas son los ideales y nuestro problema es que estamos carentes de ellos.
Durante estos días veremos actos de conmemoración de aquella fatídica fecha, y en esos actos veremos también a muchos norteamericanos unirse bajo el dolor y el recuerdo de sus compatriotas. Dará igual si en aquel momento gobernaban los republicanos o los demócratas. Dará igual porque si algo tienen claro es que son norteamericanos, unidos bajo una misma bandera y unos mismo ideales.
God bless America!
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