
Cada una de nuestras células tiene una molécula de dos metros de ADN que tiene la información necesaria para la formación de proteínas. A finales del siglo XX los biológos se dieron cuenta de que hay muchas regiones del ADN que no sirven para codificar proteínas dando como resultado el que haya zonas con una información que parece no tener sentido.
Las células madre que tenemos en nuestro cuerpo son células no especializadas que son capaces de regenerar cualquier tejido dañado en nuestro organismo, el problema es que las células al especializarse convirtiéndose en células adultas, bloquean la información necesaria inhibiendo su versatilidad, sin embargo esa información sigue estando en cada célula de nuestro organismo.
La prueba del millón para entender mejor esto es el caso de dos gemelos, con idéntico ADN y de los cuales uno de ellos es flaco y el otro es gordo, o uno desarrolla un cáncer y el otro no. Entonces, si todo lo que pasa en el cuerpo humano se debe al material genético que portamos, ¿cómo es posible que se de esta situación? Ante esta circunstancia, los científicos descubrieron que tiene que haber alguna cosa más que permita o evite que cierta información se codifique de la manera adecuada.
Esto significa que en el genoma no se encuentra toda la información responsable de nuestras características. Aparece así el término "epigenoma" que etimológicamente significa "lo que está por encima del genoma" y que se refiere al ambiente en el que vivimos y que hacen que la lectura que de nuestros genes hace nuestro organismo sea la óptima. La nutrición tiene una importancia crucial en la epigenética especialmente cuando somos niños. Lo que comemos y bebemos, aunque también parece que nuestra manera de vivir y nuestras circunstancias emocionales juegan un papel importante en esta tarea.
Hoy en día se habla de la epigenética como una auténtica revolución de consecuencias insospechadas y alentadoras especialmente para enfermedades que hoy en día tienen un pronóstico difícil.
Esto choca de frente con la actitud del paciente habitual en una consulta, quien suele acudir al médico para que le cure con alguna pastilla mágica sin que él tenga que involucrarse lo más mínimo en su proceso de mejora. Solo pide la pastilla.
Creo que responsabilizarnos de nuestra salud es una actitud obligatoria en la que nos deberían educar desde bien pequeños. El ser humano es mucho más de lo que parece. Tiene células que son capaces de crear ojos, corazones, hígados, pelo. Pero también tiene un alma, un espíritu o una energía motora capaz de activar procesos de curación o mejora que aún hoy para la ciencia son desconocidos.
Algunos dirían que es necesaria la fe para que esto suceda, y en cierto modo la fe no deja de ser una actitud importantísima en la vida, pero a estas alturas de la película la epigenética puede responder a muchas dudas sobre mejorías inesperadas o remisiones espontáneas de enfermedades.
Ya lo decía Juvenal en el siglo I, "Mens sana in corpore sano". Como siempre los antiguos nos dan lecciones en todo.
A mí, una persona con formación académica en letras, la ciencia nunca me interesó. Sin embargo ya llevo algunos años leyendo artículos científicos que han conseguido que cada día más me interese por estos temas. Al fin y al cabo me dicen quién soy yo, y descubrir mi potencial y mis posibilidades como ser humano es, en este momento, lo que más me interesa en la vida, y creo que nos debiera interesar a todos. Además me fascina ver como al hablar de estos temas la gente se interesa y pregunta, yo la primera.
Creo que en el tema de la epigenética se trata de convertirnos en pacientes adultos, de saber exactamente qué posibilidades tenemos ante circunstancias difíciles y remar a favor de esas posibilidades. Convertirnos en aliados de nuestro cuerpo y no en enemigos. Se trata de madurar y no ir a que "alguien" nos solucione el problema. Por eso es tan necesario conocernos bien por dentro y por fuera. Nuestra alma y nuestro cuerpo. Los dos al mismo tiempo. Y en último lugar no perder nunca la fe.
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