lunes, 5 de agosto de 2013

El metro



Ese espacio que nos iguala a todos. Esas escaleras que nos llevan al submundo donde con un simple ticket te conviertes en un ciudadano más, ni más ni menos que los demás. Veo a gente con buenos abrigos y zapatos baratos. Veo a gente con un iphone, con un libro. Siempre intento adivinar entre los movimientos del tren qué libro están leyendo. Entonces me hago una idea de qué tipo de persona es. Me imagino cómo será su casa, cómo será su marido. Pienso en si será feliz. Pienso en si la vida le ha dado lo que quería. Pienso en la vida que le queda por delante.También intento escuchar las conversaciones de la gente: que si estoy en paro, que si he quedado con Pepito, que si mi madre no me entiende.
Pocas cosas me parecen más humanas que subir en metro. Podría valer el transporte público en general, el autobús por ejemplo, pero el metro tiene ese lado misterioso de ir bajo tierra y atravesar túneles oscuros.
Me encanta subir y observar a la gente. Cada uno va con su cantinela, con sus problemas familiares o laborales. La gente suele llevar cara de pocos amigos. A veces pienso que sufren una metamorfosis y cobran una identidad distinta a la que tienen cuando están en la calle. No parece que subir al metro con una sonrisa sea un código de buena conducta. Tienes que llevar cara de metro y aunque yo suelo llevar la sonrisa como tarjeta de presentación, también en el metro me transformo. Es la norma.
Ahora, con la crisis, aparecen más que nunca en el vagón gentes pidiendo. Unos ofrecen una canción, otros ofrecen chocolatinas. Otros no ofrecen nada, simplemente la imagen de una enfermedad o un accidente. La gente normalmente mira para otro lado porque pensarán que no le pueden dar a todo el mundo que pide, al fin y al cabo la crisis nos azota a todos. He comprobado que suele ser la gente joven la que se echa la mano al bolsillo y saca las pocas monedas que lleva.
En ese trayecto corto y rápido que te lleva de una estación a otra se podría hacer un tratado de sociología. Quizás no tanto.... pero indudablemente es un golpe de realidad al que todos deberíamos someternos.
Son gente con la que coincido de manera accidental durante unos minutos de mi vida. Con la que comparto un espacio pequeño y me parece importante al menos preguntarme por qué. Son oportunidades que nos da la vida para reflexionar sobre algo. Y son tantas como gente hay en el vagón. Es gente con la que probablemente nunca más compartiré techo y por eso intento escudriñar sus vidas en el poco tiempo que me da el viaje.
Siempre llevo música. Es como ponerle una banda sonora a mi vida y me parece importante hacer poesía del momento, para lo cual es imprescindible la música. Es como un cuadro de Velazquez aportando dignidad a algo demasiado mundano.
Al principio me sentía intimidada por la presencia de tanta gente tan cerca, y sobre todo no quería parecer una paleta que no se conoce el plano del metro como la palma de su mano. Hace mucho tiempo que eso ya no me pasa y ya me muevo con bastante soltura pero todavía no he sido capaz de dormirme en el metro. No solo porque no me siento cómoda, es sobre todo porque no me quiero perder nada de lo que pasa a mi alrededor.
Siempre hay una buena razón para bajar al suburbano y recorrerse la ciudad a través de sus arterias. Para mí es un momento de parada y reflexión, por eso lo disfruto tanto. Tantas cosas he descubierto, he reflexionado, he solucionado dentro de uno de esos vagones azules y blancos que no pierdo la oportunidad de subirme.
El metro, el metro de Madrid...... me encaaaaanta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario