Vivimos tiempos de confusión con tantos estímulos externos que lejos de saciar nuestra sed de sorpresas y novedades, no hacen más que crearnos una auténtica adicción a lo que nos llega rápido y fácil. Después, en cuestión de segundos nos desprendemos de ello, sin mirar atrás, sin remordimientos, y seguimos en busca de algo más nuevo aún, algo más intenso... Y seguimos buscando
Si solamente tuviéramos un momento de silencio... silencio interior donde nos pudiéramos escuchar a nosotros mismos, si pudiéramos hacer eso, esa vocecita interna nos diría exactamente qué es lo que nos inquieta, qué es lo que necesitamos, en definitiva, qué andamos buscando.
Mucha gente pensaría, "no tengo tiempo", es lo típico. Sin embargo yo lo que pienso es que no queremos y la razón es que esa vocecita interior, si la escuchamos con atención, nos va a decir verdades como puños y eso es exactamente lo que no queremos oír. La verdad es lo que más duele escuchar porque significa mirarse al espejo y verse tal y como es uno, sin florituras ni adornos de ningún tipo.
Y aunque sabemos que solo sabiendo la verdad seremos capaces de enmendar nuestros errores, no estamos dispuestos a la renuncia de tanto parásito que tenemos pegado en nuestra alma. Son muchos años viviendo con ellos y nos da miedo el cambio. Entiendo que no es fácil, quizás nos haga falta una dosis extra de valentía pero, ¿y si nos sale bien la apuesta?¿afrontamos nuestras miserias, las transformamos en algo bueno y renacemos como personas nuevas?
A lo mejor no hay que pedirse tanto, quizás con una pequeña pildorita de sinceridad cada día sea suficiente. Al final es como una droga, la primera, la segunda y la tercera dosis no las disfrutas pero, cuando llegas a la cuarta, la quinta y la sexta y has probado el gustito que da no mentirse a uno mismo ya no estás dispuesto a vivir con una máscara. Luego simplemente se convierte en una adicción
Aunque no sea santo de mi devoción ni ejemplo a seguir, vienen a mi pensamiento unas palabras que le oí a Mayweather, el boxeador: “prefiero que me odien por lo que soy, a que me amen por algo que no soy”.
A lo mejor no hay que pedirse tanto, quizás con una pequeña pildorita de sinceridad cada día sea suficiente. Al final es como una droga, la primera, la segunda y la tercera dosis no las disfrutas pero, cuando llegas a la cuarta, la quinta y la sexta y has probado el gustito que da no mentirse a uno mismo ya no estás dispuesto a vivir con una máscara. Luego simplemente se convierte en una adicción
Aunque no sea santo de mi devoción ni ejemplo a seguir, vienen a mi pensamiento unas palabras que le oí a Mayweather, el boxeador: “prefiero que me odien por lo que soy, a que me amen por algo que no soy”.

