lunes, 23 de enero de 2012

Wien




En el aeropuerto me encontré con un grupo de españoles que volvían a España después de pasar una semana en Hamburgo para practicar alemán. Una semana es muy poco para aprender algo de esta lengua de bárbaros pero lo que sí pudieron comprobar es la falta de luz propia de las zonas norteñas del planeta, así como las inclemencias del clima que por aquí se gasta Bóreas (dios griego del frío viento del Norte).
A nuestra llegada a Viena pudimos comprobar que a pesar de que casi 1000 km. separan Hamburgo de nuestro destino, el cielo no experimentó ningún cambio. Nos tuvimos que comprar un paraguas porque a pesar de que desde que llegamos a este país el número de estos artilugios que hemos comprado ha superado la decena, siempre los hemos perdido, y aunque el día previo al viaje encontramos uno en buenas condiciones, nuestro querido Eiko se encargó de cambiar esta circunstancia. Por si luego no me acuerdo de contarlo, adelanto que tuvimos que comprar un segundo paraguas porque el primero nos duró en las manos una tarde. El segundo también sufrió idéntico destino: unknown.
Los paseos por el centro de la capital austríaca son de los más bonitos que yo recuerdo. Todo está lleno de cafés, restaurantes pequeños y poco iluminados, y palacios y casas señoriales que recuerdan el reciente pasado glorioso de la que fue capital del Imperio Austro-húngaro. El espíritu de Sissi habita la ciudad, no solo porque siempre encuentras alguna referencia a la malograda esposa del Emperador Francisco José, sino porque la elegancia de sus calles, su iluminación, incluso de sus gentes te recuerdan la exquisitez estética por la que Elisabeth de Austria es recordada por el mundo entero. El personaje de Sissi siempre me ha cautivado porque aunque en las películas por todos conocidas fue la también malograda aunque guapísima Romi Schneider quien interpretó a la joven austríaca, la belleza de la auténtica Sissi también está fuera de toda duda y de ello dan fe la cantidad de retratos que de ella se hicieron. Además, comparto con ella el interés por lo sobrenatural por el que ella se vio atraída tras la pérdida de sus dos hijos.
El objetivo de nuestro viaje no era patearnos la ciudad de punta a punta, ya que la visita, que me parece obligada, a Viena ya la hicimos hace casi diez años. Nuestro destino final era sin embargo asistir a un famoso baile conocido como "Ball der Offiziere" (baile de los oficiales). Se trata de un acto benéfico que se celebra en el Säle der Hofburg, un palacio situado en el centro de la ciudad, lleno de salones donde distintas orquestas tocan música en directo, todo lleno de lámparas impresionantes y con una escalera imperial que te da la bienvenida en cuanto cruzas la imponente portada principal del palacio. Es obligatoria la asistencia al evento con traje largo para las señoras, y etiqueta para los caballeros, y de que así sea se encargan unos militares jóvenes que te saludan al entrar y sin cortarse un pelo te miran el largo de la falda.
¿Y quién había allí? Pues el cuerpo diplomático con los embajadores a la cabeza, los agregados militares de diversos países, generales y coroneles, directivos de empresas relacionadas con el mundo militar (o no), y por supuesto, Pedro S. y su señora, que soy yo.
La música, las botellas de champán a 70 euros, los tacones de 13 cm., los vestidos de todo tipo (también había mucha perulla), y el paisaje nocturno que se divisaba a través de las ventanas del palacio, dan sentido a este tipo de celebraciones. Hubo cosas que en España se tacharían de horterada, pero siempre hay que recordar que se trata de Viena, la ciudad donde se celebra el concierto de Año Nuevo cada año, con esas bailarinas surcando los jardines de los palacios austríacos, con esos vestidos y esas poses tan románticas. Eso es Austria y esa es su cultura. A veces se confunde exquisitez con horterada, especialmente en los países mediterráneos donde lo accesorio es lo de menos. Este tipo de bailes es donde se experimenta que lo accesorio es necesario para dar empaque y tronío a estos eventos, es lo que los hace especiales, y es lo que sustenta una tradición que cuenta con 86 años de historia.
También visitamos el Naschmarkt lo que supone un contraste con respecto al ambiente del baile. Se trata de un mercado al aire libre lleno de puestos de todo tipo de alimentos en su mayoría de origen turco. Los olores, los colores y cielo azul del que disfrutamos esa mañana convirtió la visita a este mercado en un buen recuerdo de Viena.
Como buenos turistas repetimos en el Sacher Café y degustamos de nuevo la famosísima Sacher torte. Esto me recordó a mi hermana pequeña quien ya la primera vez que fui a Viena me habló de esta tarta y del café donde se elaboró por primera vez, y por expreso deseo del emperador, esta tarta. Por ella, especialmente por ti Mónica......Qué aproveche! Guten Appetit!