martes, 20 de diciembre de 2011

Menú de navidad




Ya han pasado muchos años desde que la responsabilidad de la cena de nochebuena recaía en mi madre o en mi abuela. Recuerdo los días previos al citado evento corriendo por el eterno pasillo de casa de mi abuela. La recuerdo a ella y a sus idas y venidas del mercado en busca de la mejor carne, del mejor jamón, del mejor lomo y del mejor pan. Por aquel entonces no estaban de moda esos sofisticados menús navideños que por estas fechas todas las revistas nos proponen. Mi abuelo se encargaba de que las brasas de la chimenea estuvieran a punto para ir asando las chuletas de cordero. Mi abuela hacía un frito de conejo con tomate, o una ensaladilla. Se cortaba jamón, lomo. Se freían almendras marconas que se acompañaban con hueva de mújol y mojama. A veces también se hacía una pata de cordero mechada.
Recuerdo cuando mi tío Juan introdujo los primeros cambios en este menú con sus fresquísimos mariscos. Me acuerdo de la centolla y como casi nos obligaba a probarla para dar fe de lo buena que le había salido la salsa. Él es un as del marisco, en cuanto a cocinarlo y comerlo se refiere.
También mi padre se animó muchos años a cocinar un cochinillo asado. Qué bueno está el cochinillo! aunque para comerlo sea mejor no mirarle directamente a los ojos porque a veces parece que sea un bebé profundamente dormido más que un simple cerdo con una más que corta existencia.
No recuerdo que mi abuela pusiera velas en sus rebosantes mesas navideñas, ni falta que hacía porque había tanto calor familiar, tanto sentimiento navideño que nunca nadie pensó que hiciera falta.
Al terminar la cena siempre aparecía mi abuelo con el almirez, o con la botella de anís del mono acompañado de cualquier artilugio que sirviera para rascar la superficie de la botella y así crear un sonido con el que acompañar a los villancicos que todos cantábamos. Normalmente se cantaba el villancico de los "auroros", tan típico de Murcia, pero tampoco faltaba el "Dime niño de quién eres".
Este año recae en mí la total responsabilidad de tan entrañable fecha. Por supuesto que lo primero que he hecho es hojearme todas las revistas que presentan menús navideños de todo tipo: elegantes, económicos, caros, para niños, para adultos.
Me he roto el coco pensando con qué deleitar a mi familia, que si faisán, que si capón, que si pato o ganso, cordero....... Después de valorar la dificultad de cada opción me voy a decantar por el magret de pato con reducción de Pedro Ximenez, que ya sé que suena a mucho pero que no tiene ninguna dificultad, tanto es así que hasta mi hija podría hacerlo.
El aperitivo tiene bastante más trabajo que el segundo plato ya que se trata de un brazo de salmón marinado, unas tostas de setas, brie y foie, un pastel de cabracho y pulpo a la gallega, sin faltar el plato de ibéricos y la hueva de mújol con almendras. Echaré de menos la mojama, en recuerdo de mi abuela a la que tanto le gustaba, pero es que por estos lares no está de moda semejante manjar.
De primero pondré una sopa de pescado con picatostes y por último, de postre haré un brazo de gitano, este en homenaje a mi madre quien es bastante fiel a este dulce en las veladas navideñas.
Por supuesto no faltarán las velas por todo el salón, esta vez sin aroma para no corromper el olor y sabor propio de cada plato. Tampoco faltará la música de jazz o blues con sabor navideño. Mis hijos me critican porque siempre pongo esta música cuando viene alguien a cenar, o a tomar café, pero me parece la mejor melodía para acompañar las conversaciones sobre la mesa. En esto mando bastante y no permito licencias.
Me parece que las nochebuenas en casa de mi abuela o de mi madre, y la nochebuena que voy a preparar este año no se parecen en nada, salvo por la presencia de la hueva o del brazo de gitano. Me doy cuenta de la lejanía de aquellas mesas con respecto a la mía. Tengo la tentación de guardar la tradición y salir a cazar un conejo para matarlo y comérmelo frito con tomate pero al final pienso que los tiempo han cambiado tanto que probablemente me pillaría la "polizei" y me obligaría a pasar la nochebuena en el calabozo....¡eso sí que sería un cambio!
Lo que quiero decir es que aunque aparentemente haya muchas diferencias en el fondo no hay tantas, yo diría que ninguna.
La navidad es el tiempo de dar, de compartir, de recordar. Cocinar para los demás es dar, es un regalo que les haces y que sale de lo más profundo de tu corazón. Compartirlo con ellos es la mejor manera de celebrarlo, que también esto es la navidad, celebrar que estamos juntos, unidos. Recordar es un ejercicio inevitable durante una noche como esta. Recordamos fundamentalmente a los que ya no están, para de alguna manera mantenerlos vivos en nuestra memoria. Pero recordar también sirve para hacer balance y así valorar lo que tenemos. En cuanto a recordar, también la navidad es importante porque es un momento ideal para crear buenos recuerdos, y ese es otro propósito para con mis hijos, es como hacer una cápsula del tiempo que dentro de muchos años abrirán y se encontrarán con todas esa noches de velas, música de jazz, y magret de pato.
Este año, aunque faltan mis padres o hermanas, me alegra tener a mis hijos y a mi marido en mi mesa. Algún día no estarán ellos, o no estaré yo, pero mientras tanto me hace saborear cada minuto con ellos, así que me pongo las pilas desde ya y os pido que me deseéis suerte para que todo me salga buenísimo.
Feliz Navidad!

viernes, 2 de diciembre de 2011

Weihnachtsmarkt





Los mercadillos navideños son toda una atracción turística en Alemania. La verdad es que se lo curran, todo lleno de lucecitas, puestos donde venden todo tipo de artículos para decorar la casa o incluso a uno mismo.
Conforme te vas acercando te llega el olor a salchichas o chuleta de cerdo a la parrilla, o a crepes calientes, o a glüh wine, o vino caliente que aunque es la bebida más típica para calentarse el cuerpo en estos mercadillos, no es la única ya que la cerveza, aunque fría, también se sirve caliente. Reconozco que esa variedad no me he atrevido a probarla porque si algo tiene de particular para mí la cerveza, es su temperatura y para mí una cerveza tiene que estar muuuy fría. Esta característica solamente es comprensible dadas las temperaturas a las que te enfrentas una vez que has decidido ir al mercadillo navideño. Recuerdo el año pasado en el mercadillo del Alster en Hamburgo. No había pasado más frío en mi vida, hacía tanto frío que se me congelaron los labios y perdí la capacidad de vocalizar correctamente así que tuve que dejar de hablar, con lo que me gusta a mí hablar!.
Este frío justifica de sobra bebidas como el glüh wine o la cerveza caliente ya que de otra manera no puedo comprender cómo se beben semejante potingue. Este vino caliente es la típica bebida a la que, cuando le das el primer sorbo, ya sabes que te va a sentar fatal, y no te cabe la menor duda de que en unas horas tendrás un dolor de cabeza de órdago. Yo solo la probé el primer año en Colonia, por aquello de probarlo todo, pero cuando había bebido la mitad del vaso, lo dejé por alguna mesa vacía y medio escondido porque no quería ofender a los alemanes que nos llevaron al mercadillo y que estaban empeñados en que probáramos el dichoso vinito.
Este año hemos ido al mercadillo de Lübeck, una ciudad medieval que está a cuarenta minutos de Hamburgo. Se da la circunstancia de que esta ciudad fue bastante respetada por los bombardeos ingleses en la Segunda Guerra Mundial así que conserva parte de su belleza original. El mercadillo nos gustó bastante en primer lugar porque aunque al salir de casa caían chuzos de punta, por algún conjuro mágico, al llegar a Lübeck el cielo estaba totalmente despejado y la temperatura era un auténtico regalo de Dios, 8º es un regalo dadas las fechas por las que pasamos.
Los alemanes son amantes de las luces tenues y en cualquier ciudad por la que circules en horas de luna puedes mirar al cielo y distinguir estrellas, de hecho la luna parece brillar con más intensidad por estas latitudes, y la razón no es otra que lo poco iluminadas que tienen sus calles. Esta característica, unida al pasado medieval y bien conservado de Lübeck confiere a este mercadillo una autenticidad muy agradable, de hecho hay calles del mercadillo que solo se iluminan con velones. Supongo que este hecho debe ser la pesadilla de una madre con niños pequeños porque si se te escapa el chiquillo de la mano vas lista si piensas encontrarlo fácilmente, sin embargo para los adultos es una gozada caminar por calles estrechas y sombrías, cielos estrellados y olores sugerentes, especialmente de la mano de tu chico.
Lo de comprar ya es otro tema. Los mercadillos son caros y no venden nada que no encuentres en otras tiendas de efectos navideños. Quizás algún puesto de artesanía interesante pero nada del otro mundo.
Los alemanes van a estos mercadillos especialmente a comer y beber así que nosotros hicimos lo propio y comenzando por un crepe con chocolate, fui dando cuenta de tan típica tradición. Seguimos con la salichicha con pan y acabamos por los mützen, que son cuadraditos de masa parecida a la de los buñuelos y que te sirven en cucuruchos donde entran unos 10 por 3 euros. Este año entramos en un garito donde elaboraban una bebida a base de ron y azúcar. Aunque el sitio estaba lleno, la gente solamente bebía y hablaban entre ellos, hasta que llegamos nosotros, los españoles y con el escándalo que montamos forzamos la situación para que nos pusieran musikiki. Lógicamente comenzamos a cantar y a bailar y nos convertimos en el centro de atención del lugar.
Y es que, en cuanto a diversión se refiere, a los españoles no nos gana nadie, nos sale solo, sin forzar la situación, con naturalidad. Es verdad, en España estamos a años luz del PIB alemán, estamos a galaxias de sus cifras de paro, pero de pasarlo bien no nos tienen que dar lecciones, y mucho menos los germanos, pero qué sosos Dios mío!