
Ya han pasado muchos años desde que la responsabilidad de la cena de nochebuena recaía en mi madre o en mi abuela. Recuerdo los días previos al citado evento corriendo por el eterno pasillo de casa de mi abuela. La recuerdo a ella y a sus idas y venidas del mercado en busca de la mejor carne, del mejor jamón, del mejor lomo y del mejor pan. Por aquel entonces no estaban de moda esos sofisticados menús navideños que por estas fechas todas las revistas nos proponen. Mi abuelo se encargaba de que las brasas de la chimenea estuvieran a punto para ir asando las chuletas de cordero. Mi abuela hacía un frito de conejo con tomate, o una ensaladilla. Se cortaba jamón, lomo. Se freían almendras marconas que se acompañaban con hueva de mújol y mojama. A veces también se hacía una pata de cordero mechada.
Recuerdo cuando mi tío Juan introdujo los primeros cambios en este menú con sus fresquísimos mariscos. Me acuerdo de la centolla y como casi nos obligaba a probarla para dar fe de lo buena que le había salido la salsa. Él es un as del marisco, en cuanto a cocinarlo y comerlo se refiere.
También mi padre se animó muchos años a cocinar un cochinillo asado. Qué bueno está el cochinillo! aunque para comerlo sea mejor no mirarle directamente a los ojos porque a veces parece que sea un bebé profundamente dormido más que un simple cerdo con una más que corta existencia.
No recuerdo que mi abuela pusiera velas en sus rebosantes mesas navideñas, ni falta que hacía porque había tanto calor familiar, tanto sentimiento navideño que nunca nadie pensó que hiciera falta.
Al terminar la cena siempre aparecía mi abuelo con el almirez, o con la botella de anís del mono acompañado de cualquier artilugio que sirviera para rascar la superficie de la botella y así crear un sonido con el que acompañar a los villancicos que todos cantábamos. Normalmente se cantaba el villancico de los "auroros", tan típico de Murcia, pero tampoco faltaba el "Dime niño de quién eres".
Este año recae en mí la total responsabilidad de tan entrañable fecha. Por supuesto que lo primero que he hecho es hojearme todas las revistas que presentan menús navideños de todo tipo: elegantes, económicos, caros, para niños, para adultos.
Me he roto el coco pensando con qué deleitar a mi familia, que si faisán, que si capón, que si pato o ganso, cordero....... Después de valorar la dificultad de cada opción me voy a decantar por el magret de pato con reducción de Pedro Ximenez, que ya sé que suena a mucho pero que no tiene ninguna dificultad, tanto es así que hasta mi hija podría hacerlo.
El aperitivo tiene bastante más trabajo que el segundo plato ya que se trata de un brazo de salmón marinado, unas tostas de setas, brie y foie, un pastel de cabracho y pulpo a la gallega, sin faltar el plato de ibéricos y la hueva de mújol con almendras. Echaré de menos la mojama, en recuerdo de mi abuela a la que tanto le gustaba, pero es que por estos lares no está de moda semejante manjar.
De primero pondré una sopa de pescado con picatostes y por último, de postre haré un brazo de gitano, este en homenaje a mi madre quien es bastante fiel a este dulce en las veladas navideñas.
Por supuesto no faltarán las velas por todo el salón, esta vez sin aroma para no corromper el olor y sabor propio de cada plato. Tampoco faltará la música de jazz o blues con sabor navideño. Mis hijos me critican porque siempre pongo esta música cuando viene alguien a cenar, o a tomar café, pero me parece la mejor melodía para acompañar las conversaciones sobre la mesa. En esto mando bastante y no permito licencias.
Me parece que las nochebuenas en casa de mi abuela o de mi madre, y la nochebuena que voy a preparar este año no se parecen en nada, salvo por la presencia de la hueva o del brazo de gitano. Me doy cuenta de la lejanía de aquellas mesas con respecto a la mía. Tengo la tentación de guardar la tradición y salir a cazar un conejo para matarlo y comérmelo frito con tomate pero al final pienso que los tiempo han cambiado tanto que probablemente me pillaría la "polizei" y me obligaría a pasar la nochebuena en el calabozo....¡eso sí que sería un cambio!
Lo que quiero decir es que aunque aparentemente haya muchas diferencias en el fondo no hay tantas, yo diría que ninguna.
La navidad es el tiempo de dar, de compartir, de recordar. Cocinar para los demás es dar, es un regalo que les haces y que sale de lo más profundo de tu corazón. Compartirlo con ellos es la mejor manera de celebrarlo, que también esto es la navidad, celebrar que estamos juntos, unidos. Recordar es un ejercicio inevitable durante una noche como esta. Recordamos fundamentalmente a los que ya no están, para de alguna manera mantenerlos vivos en nuestra memoria. Pero recordar también sirve para hacer balance y así valorar lo que tenemos. En cuanto a recordar, también la navidad es importante porque es un momento ideal para crear buenos recuerdos, y ese es otro propósito para con mis hijos, es como hacer una cápsula del tiempo que dentro de muchos años abrirán y se encontrarán con todas esa noches de velas, música de jazz, y magret de pato.
Este año, aunque faltan mis padres o hermanas, me alegra tener a mis hijos y a mi marido en mi mesa. Algún día no estarán ellos, o no estaré yo, pero mientras tanto me hace saborear cada minuto con ellos, así que me pongo las pilas desde ya y os pido que me deseéis suerte para que todo me salga buenísimo.
Feliz Navidad!